Eric Melecio

El angel de Bucky

María vio esa moto que estaba acostada en la esquina del garaje, y vio sus uñas mal formada y llena de grasa por lavar y mantener esa moto. Ella siempre quería pintar uñas desde que vio a sus tías del norte con sus uñas largas llenas de detalles y perlas de diferentes diseños. No sabía porque le gustó eso. Solo quiso hacer algo con su vida y el negocio de las uñas se miraba como una profesión con prestigio. Tenía que decidir algo, y decidió diseño de uñas antes que cumpliera sus veinte. Cuando le dijo a su madre que iba a estudiar ese oficio, su madre lo tomo como una bendición. Contrataron a un local para enseñarle la profesión. Pero María no tenía cabeza para diseño. Los días pasaron y ella aún estaba quemando dedos o equivocándose con los colores. Quiso aprender, pero por una razón, no pudo. Tenían que renovar su curso por otro año.

Tenía un novio. El pueblo le llamaba La Perra. María lo conoció como Buki por su pelo largo. Lo mataron. El pueblo ya no aguantó sus parrandas y sus “conexiones” con el crimen organizado. Todos querían acabar con la delincuencia y todos querían apuñalar a Buki que vendía mota en la esquina cerca de adonde venden las cocas y las tortillas, cerca de Doña Pelos pues se llevaron bien desde que Doña Pelos perdió a su hijo en una balacera. Antes que empezara las celebraciones de la burra, encontraron a La Perra saliendo de una fiesta y lo persiguieron hasta que llegó a un cerro sólo. Y cada uno le dio una cortada por sus injusticias. Por acostarse con su hija, con su esposa, por venderle mota a su hijo, por robar gallinas.

María no quiso llorar por él. Dentro de ella, quiso, pero no lo hizo. No quiso sentir nada. La última vez que lo vio, estaban peleados. María le pregunto a Buki por qué estaba tan lejos emocionalmente, y Buki sólo contesto «pues si». María lo tomó como un aislamiento, como si no merecía estar cerca de él. O tal vez estaba viendo otra. María jamás podía averiguar que estaba pasando Buki adentro de esa cabeza. Buki nunca enseñaba emoción y casi no hablaba. Tampoco fue bueno para los compromisos. Un día, quedo de recoger a María para ir a un baile. Nunca llegó.

Lo único que queda de recuerdo de Buki fue su moto que le dejó a María con promesa de  que un día salgan del pueblo. Para la madre de María, representaba la maldad que le trajo a su hija. Para María, fue como un transporte mágico que lo llevaba a diferentes mundos cuando Buki sí cumplía con un compromiso. En una mañana Buki la llevó por una carretera que sube arriba al cerro. Buki le dijo que masticara un chicle para que no se ponga mareada. Pasaron una gasolinera, un taller mecánico, y la casa de un curandero donde Buki compraba la hierba para venderla al pueblo. Agarrada de las caderas de Buki, abrazándolo, no queriendo ver para abajo. La moto subió el cerro alto que miraba al pueblo, y desde arriba María vio todo el mundo, agarrándose de él, no queriendo soltarlo por el miedo de caerse a ese mundo. 

Se quedó mirando a la moto y sus controles. Acostada contra la pared, en esa oscuridad. Allí, en el espejo, vio a Buki.

Hey —dijo él. 

María se asustó. Voltio y vio a Buki.

—Pero ya…la gente dijo. Y los periódicos confirman que te-

—Me convirtieron en ángel. Chido, ¿no?

—Y viniste hasta aquí desde el cielo —María empezó a llorar. —¿Por qué me dejaste sola?

—Las cosas pasan. Bueno, te vengo a decir un mensaje. Pero no ahora. Por ahorita, sólo te vengo a decir que sigas cuidando mi moto.

—¿Eso es todo?

—Ya tengo que irme. Dicen que Jesús va tener una parranda con banda y caballos finos. Ya me voy a ver si me dejan entrar.

—Buki, no te vayas. Siempre me dejas.

—Al raton te veo.

—Lo prometes.

—Pues sí. ¿Oyes? Ya puedo oír los corridos desde aquí. De los que ya están allá. ¿No oyes?

Y con eso, se desapareció con el aire. Unos caballos se oyeron en la distancia. 

María y sus padres vivían casi afuera del pueblo. Su casa también fue una tienda adonde el padre de María se dedicaba a criar chivos. Tuvo un pesebre adonde les daba alimento y cuando estaba suficiente gordo uno, lo mataba y vendía su carne. El padre pensaba que criando chivos y borregos fue la profesión más cerca de Dios aunque no producía dinero. Y cuando recibió las noticias de que su hija estaba hablando con un ángel que fue delincuente, su ira no se pudo contener.

—Mira, hija de la chingada, hablas con esa sombra otra vez y vas a ver lo que te espera.

Su madre de María empezó a poner velas y a rezar a los santos mientras lloraba.

—Pero es un ángel. El ángel de Buki.

—No desobedezcas a tu padre —dijo él. —Ya enséñate a pintar. Haz tu vida. Y si sigues hablando con ese, te las vas a ver conmigo. Es el mero diablo con quien hablas. Una perra que sigue los problemas. Ya te lo advertí. ¡Yo soy tu padre!     

El papá de María vio la moto de Buki como unos pesitos para ayudarles en tiempos de crisis, pero todo el pueblo considero la moto maldita y nadie quiso comprarla. La única persona que la cuidaba fue María. Empezó a estudiar los controles de la moto, sus partes, cada tornillo. Y cuando su padre le dio la tarea a María que la llevara al mecánico del cerro para venderla, se puso de malas. Al fin, la obligación a su obediencia a su padre le ganó. Se llevó la moto hasta el otro pueblo, empujándola. Y a medio camino, con un sol alto, llego Buki.

—Enciéndela así, y con esto la controlas —dijo él mientras caminaba junto de ella. 

—Y tú ahora que quieres. Ni como ángel me vienes a visitar. Te valgo. Sólo te importa esta máquina —aventó la moto en el suelo. —Pero ya no. Ya no voy a cuidarla. Voy a vender sus partes, y me voy lejos. Tantos años peleando con mis padres. Tantos años soportando un sueño adonde nosotros estamos juntos. Pero ya no.

—Y con este, vas más rápido.

 María le dio una pedrada. Buki se le quedo mirando. Tenía sus lentes de sol. María vio que sus manos estaban manchadas de sangre seca; le causo un llanto escondido abajo en su pecho. 

            —Jesús santo te tiene un mensaje: vas a fracasar estudiando uñas.

            —No te creo. Jesús nunca digiera eso.

            —Aquí está escrito en piedra —levantó la piedra que María le tiró y leo de allí. —María, vas a fracasar estudiando uñas. Con cariño, Jesús.

            María nunca quiso prender la moto. No porque le tuvo miedo o porque sus padres le prohibieron montarla, pero porque no quiso destruirla. No quería que nada le pasara. Fue lo único que quedó de Buki pues ni tumba le dieron. Pero cuando escucho el mensaje, ya no pudo resistir su ira. Se montó. El asiento le quedó, como si fuera su destino estar arriba de esa moto. La incendió, un motor con alto poder y mucha potencia. Le gustaba como se sentía. Con un acelerador fuerte, rápido dejó a Buki en el polvo.

            Llegó al taller de mecánica. El mecánico observó la moto mientras María le explicó que cada parte estaba funcionando y que la moto responde bien. El mecánico le pregunto si fue mecánica. María respondió que no. El mecánico le dijo que tuvo mucha sabiduría y al último le dio buen dinero. Contó los pesos y allí fue adonde María se le ocurrió una idea. 

            Cuando regreso a casa, le dijo a su madre de las noticias. Le dijo que vendió la moto sin problemas. Y eso fue cuando le dijo de su idea de hacerse una vendedora de productos naturales porque allí es adonde está el dinero. Su madre lo considero como una bendición.

            María se encontró con el ángel de Buki por última vez en el cerro mientras iba para ver el curandero para estudiar las hierbas. No dijo nada. Y esta vez, ella tampoco dijo nada.  Comprendió que fue una despedida. Dejó que el silencio hablara porque al último, Buki tuvo la razón y ella no quiso admitirlo ni quiso que el momento se echara a perder con palabras. Sólo se vieron por última vez hasta que un viento fuerte se llevó a Buki.

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